domingo, 5 de noviembre de 2017

Ética de las profesiones: La maltratada ejemplaridad

Agustín Chozas Martín, Presidente del FEAE de CLM

De un tiempo a esta parte  / el infinito / se ha encogido / peligrosamente
(
Mario Benedetti)
Plantear que la educación ha de situarse por encima de coyunturas y  localismos en una sociedad global forma ya parte de una larga tradición del pensamiento social español: Francisco Giner de los Ríos y su extraordinaria capacidad de anticipación a los tiempos educativos que le sucedieron
Pese a los esfuerzos de tantos recorridos históricos, los espacios de reflexión, tan   resecos en la actualidad, obligan otra vez a demandar que la práctica educativa, que engloba a todos los concernidos en la misma, sea una referencia de fundamentos en una sociedad de derechos y deberes
No demos por buena ninguna evidencia. Ha de discutirse si la educación es un bien común por encima de intereses y doctrinas, si la cuestión interesa o, por el contrario, está secuestrada por otro “intereses”. Sin dejar de mencionar explícitamente intereses corporativos tan arraigados en las diversas modalidades de asociación.
Hay que aducir razones que no sean una simple deriva hacia el pesimismo: no todo está mal, ni cualquier cosa es imposible. “Vende” mejor una idea destructiva que un riesgo alternativo.

Existen razones frecuentemente arrinconadas para afirmar que la práctica educativa de sus distintas corporaciones intervinientes se ha ido difuminando a favor de un pensamiento tan débil como dominante, por paradójico que resulte .El tiempo social no favorece el encuentro en valores por encima de intereses de oligarquías, por encima de ofertas envueltas en piel de cordero o  simplemente por encima de mentiras
Estamos en el  tiempo de las  “sociedades líquidas”, (siguiendo a Zymunt Bauman), caracterizadas por una escandalosa precariedad de los vínculos de sus componentes. Por la volatilidad de los acuerdos en un campo sembrado de individualismos, por una incertidumbre constante acompañada de una desregulación habitual de las conductas, por una sociedad de “excedentes” y desarraigados que termina por conformarse con una ética de mínimos para la supervivencia y para alimentar el egoísmo común.
Si como defiende Christian Felber, (por aducir razones de otro ámbito distinto al propiamente educativo) pudiera existir una economía del bien común, debiera haber del mismo modo una educación como bien común, en un marco de defensa de valores como la confianza, cooperación, honestidad, responsabilidad y compasión.
Para reforzar la misma argumentación, no está de más recordar a Aristóteles (Política, libros I y III) y sus referencias al  “bien equitativo” o su hermosa propuesta de “cuidar la casa y la ciudad”, como muestras visibles de que la acción humana va más allá de la individualidad y se inserta en la apertura al otro.
Hasta textos poco previsibles en este campo educativo proclaman la necesidad de formar el alma y el carácter y la existencia de fines superiores  (así, en la Constitución de Baviera de 1946)
Son múltiples los inconvenientes reales de la educación entendida por encima de contingencias, de reinos de taifas, de alejamientos de los bienes de la comunidad. Sloterdijk ha hablado de “la “ciudad amurallada” que  guarda sus miedos e incertidumbres y  no posibilita una educación como bien compartido.
En la misma línea Ulrich Beck al desarrollar el concepto de “la sociedad del riesgo”; igualmente, Gianni Vattimo se refiere a los sobresaltos del pasado que conducen  al pensamiento débil y al reino de la ambigüedad y al no compromiso.
Victoria Camps ha desarrollado con profundidad una línea argumental que pone el énfasis en los valores de la inteligencia y más en el carácter del alma, en línea con Aristóteles, en la necesidad de compartir fines entre los concernidos. Dice de una manera muy expresiva que para educar “hay que tenerle fe” a la tarea y no derivar responsabilidades en el  otro, no dar por sentado el hecho educativo, no olvidarse de la libertad y no fiarlo todo a la fuerza de las leyes, que ni alcanzan a las virtudes cívicas y desvirtúan el valor del esfuerzo.
Tras esta breve referencia a la controversia existente sobre la educación como bien común, enredada en el territorio de las grandes proclamaciones y perezosa es hora de señalar con detalles dónde y quiénes son los responsables y el papel determinante en concreto de corporaciones y profesiones que tienen su espacio propio en la tarea educativa.
Pese a lo escrito y enunciado sobre la ética de las profesiones, no parece que pueda afirmarse que la polémica esté resuelta. Más bien al contrario: no se habla de una ética fuerte y con responsabilidades precisas y más bien el discurso se pierde en una suerte de ética “desmayada”, anémica y debilitada como el propio pensamiento.
Veamos algunas de las muchas debilidades de una ética profesional para intentar, finalmente, argumentar a favor  del valor olvidado de la ejemplaridad.
1.-El primero de los “males” achacables a una moral profesional en declive es haberse dejado tapar por obviedades que, como tales, no es preciso discutir. De aquí nace la primera necesidad de los profesionales afectados: ¿Discuten sus reglas del juego?
2.-El fracaso de las ciencias de la educación y las carencias de la sociología han terminado por arrojar sobre el hecho educativo una maraña retórica de discursos que han terminado por valer por sí mismos, sin que se reclame al papel preponderante de las mismas una verificación de su eficacia.
3.-A las oligarquías les viene muy bien que el problema educativo se instale en la discusión sobre medios, instrumentos y recursos. Pareciera que la determinación de los fines puede esperar.
4.-El papel de los derechos humanos no es menor en este campo de la discusión, aunque sí frecuentemente ausente por dar por hecha su presencia: una vez más las obviedades.
5.-Por ampliar esta referencia puede citarse a Maskin, Nobel de economía de 2007, quien sostiene que la tecnología y la globalización dejan atrás a los más pobres y, por ello, generan desigualdad solamente abordable con una educación en edad temprana y enfocada hacia el bien común
6.-Cuando menos, existe una aproximación al concepto de bien común como aquello que corresponde al hombre como humano necesitado. Y entre las primeras necesidades aparece la educación, la lucha contra la indefensión social, contra la desigualdad, contra la explotación
7.-Si atendemos las necesidades humanas básicas atendemos a la educación que se convierte en bien primero, lejos por tanto de los depredadores de cualquier signo.
El repertorio de debilidades señaladas que afectan tan negativamente a la moral profesional bien pudiera ampliarse, aunque se puede considerar suficiente para fundamentar la necesidad de recuperar valores perdidos en el camino.   
Los grupos sociales de carácter corporativo necesitan de una definición de exigencias que les obliguen a mantener unos perfiles de nivel notable y eviten a la vez su dispersión e irrelevancia en el marco institucional en el que están instalados.
Como consecuencia, la organización educativa encomendada a grupos  sociales de un significado nivel de profesionalización debiera contar de salida con un repertorio bien definido de autoexigencias encuadrado en un marco referencial de ética corporativa. En caso contrario, quedaría en entredicho su solvencia y cualificación y expuesta a todo tipo de vaivenes y coyunturas.
De modo más concreto, ha de justificarse que el repertorio de exigencias, valores y referencias imprescindibles para un ejercicio profesional educativo pasa ineludiblemente por el cultivo verificable e incluso evaluable de categorías tales como la ejemplaridad o la solidaridad interprofesional.
Merece una reflexión especial la referencia a la ejemplaridad profesional, siquiera sea por lo infrecuente de su tratamiento. Para ello, se anotan ahora algunos elementos de análisis y, posteriormente, algunas conclusiones valorativas.
¿Qué significado cabe atribuir a  la ejemplaridad profesional en los grupos sociales corporativos?
De la invitación, ya olvidada y tenida por antigua, a imitar el ejemplo de nuestros mayores o “seguir el ejemplo” de personalidades relevantes al mapa desértico de la actualidad teñido de mediocridad o de una falsa igualación media un largo camino. Parece claro que no es preciso apelar a la ejemplaridad del héroe o a la imagen salvadora del mito más valiosa para el propio grupo que otras más coyunturales y perecederas.
La ejemplaridad se refiere no tanto a lo excepcional como a una condición primera para que los grupos adquieran la condición de tal y no se queden en una mera denominación administrativa, jurídica, etc. Si el grupo o corporación  carece de referencias en la práctica profesional queda destinado a convertirse en esqueleto legislativo. No cabe luego lamentarse de la escasa relevancia social o de la nula presencia a la hora de la toma de decisiones.
Error muy frecuente en las corporaciones  educativas es creer que el grupo queda consolidado por tener detrás la correspondiente decisión administrativa que le dota de atribuciones y le asigna derechos y deberes. El valor de ley no es valor de conducta, que solamente se adquiere por una práctica con referencias, por la ejemplaridad precisamente. Las decisiones legislativas no consolidan  figura social alguna; muchas veces la fosilizan y la reducen a los aspectos más formales y débiles  de su tarea.
Las referencias y  los ejemplos actúan de elementos de cohesión, dan permanencia y estabilidad, fortalecen al grupo y consolidan la cooperación y colaboración, más allá de leyes y normas reguladoras
Por el contrario, cuando los grupos se vuelven erráticos, se envuelven en el ruido, sus decisiones son volátiles y carecen de rumbo alguno, entonces la maltratada ejemplaridad, mal vista por las corporaciones, probablemente por rencillas de tribu, se convierte en una necesidad o en un asidero para la supervivencia grupal. Si un grupo tan visible como cualquier corporación profesional da la espalda al valor de la ejemplaridad de los otros se está abonando el terreno de la insignificancia.
No se está hablando de un requisito fácil, porque el ejemplo se sitúa en el terreno del deber ser y obedece al compromiso que los grupos profesionales han de asumir para movilizarse, para tener ideales de comportamiento social sin caer, por ello, en la mitología de los mejores. El ejemplo es valor de todos y obliga a todos.
La ejemplaridad es también exigencia de participación entre iguales: todos los concernidos pautan unas líneas de conducta en las que la excelencia, tan de moda, no tiene lugar y sí el acuerdo comunitario.
Los valores transversales del grupo constituyen otra buena vía de cohesión y solamente un buen acuerdo puede convertirlos en referencias a seguir.
De las reflexiones anteriores, cabe concluir, ante todo, que la ejemplaridad ni es una obviedad no rechazable ni es un valor indiscutible. Adquiere sentido siempre y cuando las corporaciones lo asuman como compromiso.
En segundo lugar, el ejemplo no es un valor profesional añadido, sino un valor sustantivo de una corporación con compromisos sociales y más si se habla de los educativos.
Proclamar la ejemplaridad como bien grupal puede quedarse en una mera apelación retórica, salvo que el deber se consolide en un código de ética profesional que exija y permita una valoración pública.
Si como la historia testimonia, educación y ejemplaridad han ido siempre de la mano, y buena prueba de ello es la figura social del maestro, deberá entenderse que todos los intervinientes en el proceso educativo, según su orden de responsabilidades, deberán asumir dicho binomio y, en los casos de mayor entidad, explicitarlo en compromisos de acción.

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